Autoficción, Metaficción o ambas…

“-¿Tiene el corazón roto? ¿Escribe por eso?

-Puede. ¿Y usted? -dije, devolviéndole

la pregunta-. ¿Tiene el corazón roto?

-Si usted lo ha tenido, entonces yo también,

puesto que soy uno de sus personajes”.

Joël Dicker

Joël Dicker, escritor suizo, joven de 33 años, quién ha alcanzado las mieles del éxito con libros que han sido cuestionados desde el punto de vista más ortodoxo de la literatura. Esta semana decidí escoger su última obra, El enigma de la Habitación 622, que pretende recuperar la fórmula exitosa de La verdad sobre el caso de Harry Quebert -se queda lejos. En medio hubo dos títulos, El libro de Baltimore, que emociona pero quizá la narrativa un poco densa, y La desaparición de Stephanie Mailer en el que recupera nuevamente terreno, pero sin llegar a convencer del todo. ¿Porqué Dicker? Considero que pocos tomarían en cuenta para un análisis literario, esta novela rosa con aspiraciones de thriller, pero que para algunos críticos está lejos de ubicarse dentro del contexto de la novela negra.

El enigma de la Habitación 622 es un libro peculiar; que si bien más adelante, lo abordaré desde el punto de vista de la autoficción y la metaficción, me parece interesante por el homenaje que le rinde Dicker a Bernard de Fallois, su editor y descubridor, especialista en Proust y editor de Simenon. Homenaje que a mi parecer lo logra en la obra, en donde va mostrando poco a poco cómo se va gestando su relación hasta llegar a su muerte. Sin embargo, al final del libro, cuando ya lo expresa tácitamente como una intención, pierde ese sentido y desilusiona. No obstante, como editora, veo con agrado el que considere al editor como un elemento indispensable para la existencia de un libro y para facilitar su posicionamiento en el público. Reconoce que el libro es resultado de dos: el autor y el editor, ojalá todos los autores lo visualizaran así.

Entrando en materia, ubico a la habitación de Dicker, como un libro de autoficción que cumple con lo expuesto por Genette: el autor cuenta una historia, cuyo protagonista es él, pero que expresa que “nunca le ha sucedido”. En el libro, la obra está escrita en primera persona y, es evidente cómo se traslada y juega con el tiempo, entre un mundo imaginado y en construcción a lo largo de la historia, con los elementos del entorno del autor. Hay dos premisas en el libro: la primera, el autor = narrador se traslada al Hotel Palace Verbier para sanar de un fracaso sentimental (del cual también puede reclamar la autoria…, tema que daría para otra historia), y ahí se encuentra inmerso dentro de otra historia que es investigar qué paso en la habitación 622 (autor = narrador = personaje) ; es decir, aquí hay una historia y su subhistoria; y de forma paralela a éstas, va contando otra historia, que es la suya y la de Bernard, en donde el autor no es el narrador, pero sí es el personaje. Aquí retomo la premisa de Genette de que el autor niega ser el protagonista, en este caso, el personaje “el escritor”, “Joël” que es el “autor” y, a su vez, fue descubierto por Bernard y que tácitamente declara haber escrito El caso de Harry Quebert, y es el que sufre de amor, y al mismo tiempo, se enfrasca en la aventura de descrubrir el misterio de la Habitación 622. Dicker explica en una entrevista al País, que “el narrador, como yo, es escritor y se llama Joël, para alimentar el juego de espejos entre lo auténtico y lo imaginado, pero la verdad es que el Joël de la novela no soy yo y nunca me sentí protagonista del libro” (Sanmartín, 2020).

Alberca explica que la novela es la alfombra roja de la autobiografia (Alberca, 2009) y de ahí se justifica el auge de la autoficción. Me parece acertada esta afirmación y quizá, Dicker sin haber caido en la autobiografia en sus trabajos previos, evoluciona de la novela clásica a la autoficción, siendo “la alfombra roja” de la habitación 622. Dicker en su libro juega con su propia biografia y su relación con Bernard para darle soporte a la otra historia, juega a ser sujeto y objeto a la vez (Ibid, 2009), y si bien escoge tambien el país y la ciudad que lo vieron nacer, coquetea con nombres que son guiños al lector para que juegue con él. Por ejemplo, el nombre del Hotel Palace de Verbier, lo retoma y fusiona los nombres del Hotel Gstaad Palace y de otro igual de importante, que se llama el Gran Hotel Verbier (favorito de Bernard).

Scarlett Leonas, es el personaje que acompaña al escritor en la investigación del asesinato de la habitación 622. Reflexionando en la forma en la que la introduce a la historia, y a excepción de un beso que le roba sin mayor importancia, la ubico como su Alter ego, con el que dialóga mientras va escribiendo su novela. Esta premisa podría sustentarse, cuando llega su ama de llaves y lo saca de ese ensimismamiento y Dicker, el autor, se voltea y le dice “he terminado mi libro, llevo varios días sin parar”. Hay otra referencia al final del libro, en donde plantea el autor: “Scarlett empieza con “S”, como Soledad. Esa soledad que me acompaña a todas partes y me hace escribir. Creo que con Bernard me sentí menos solo. Luego Bernard se fue y Scarlett volvió” (Dicker, 2020). Hay otros juegos interesantes, pero que él autor va develando restándole la lectura, interpretación y descubrimiento que podría hacer el lector. Por ejemplo, el apellido de Scarlett Leonas es un anagrama de Sloane, la mujer que le rompe el corazón a Dicker y de la que huye al Hotel Palace. También hay otro juego cuando anota entre sus papeles: “Sloane 22/6 un día que hay que olvidar”; y, “622: una habitación que hay que olvidar”. También hay otro guiño al nombre de Scarlett, haciendo referencia a Scarlett O’Hara, personaje de Lo que el viento se llevó, obra predilecta de Bernard. El Chófer de Lev que se llama Alfred Agostinelli, el nombre del secretario de Proust, de los autores favoritos de Fallois. En todos estos juegos aparecen alternándose el autor, el narrador y el personaje, a veces son uno y a veces logran diferenciarse con claridad. El hilo conductor y cohesionador de estos guiños a lo largo de todas las historias es Bernard.

Por otro lado, si retomamos la definición sobre metaficción que Carlos Javier García establece en la que destaca que “la metanovela es la novela de la novela: la novela misma, su construcción, es objeto de novelización” (Gómez_Dotras, 1994), también encajaría El enigma de la habitación 622. Es decir, al escritor va escribiendo la novela que tenemos en las manos, conforme el “escritor” va adentrándose a la investigación del asesinato del Palace, se va entretejiendo la historia que da lugar a la novela. Bajo este supuesto hay un acuerdo en el que se rompe el pacto de veracidad y que cobra vida conforme el escritor va escribiendo y de forma explícita establece que lo está haciendo. En este sentido hay un diálogo entre Scarlett y el escritor, que da fe de ello: “Oiga me sacará en alguna parte de su libro ¿verdad? -No sé si voy a publicar este libro, Scarlett. Imagíneselo: un novelista resuelve un caso criminal en un hotel de lujo de Los Alpes. -Le recuerdo que me he quedado sin editor”.

Por su parte, Alberca establece dos interrogantes para explicar la autoficción: 1) ¿es la autoficción una forma narrativa avanzada de hablar de sí mismo fuera de las constricciones de las autobiografías y de las memorías? o, 2) ¿representa una manera de escapar, como un desconfiado lector autobiográfico podría barruntar?. Considero que hay novelas que pueden jugar en medio de ambas interrogantes, y la de Dicker es un ejemplo de ello. Si bien, esta lejos de ser autobiográfica, en el momento que narra su relación con Bernard desde su origen hasta sus últimos días, cuenta con elementos que encajan en este género y que él subordina y entrelaza con las otras historias. En este sentido Alberca establece que “el creador y el novelista finiseculares sienten la necesidad o el deseo de hablar de sí o de utilizar los contenidos autobiográficos, pero dentro de un marco flexible (…)” (Alberca, 2009), y así a lo largo del libro, Dicker va planteando posturas que podrían afirmarse son del autor real: “Bernard, nunca pude agradecérselo”; “Creo que ya no me apatece publicar novelas, si usted ya no está”; “Pensé que era difícil rendir homenaje a las personas extraordinarias”; “Bernard, le dio sentido a mi vida. Cuidó siempre de mí”, etcétera.

Hay un par de detalles más de la obra, que me parecen dignos de mención. Por un lado, los personajes, que son tan perfectos y delineados como acostumbra Dicker; que solo pueden tener cabida en un libro de ficción. La historia inverosímil y con el clásico Happy End es tan predecible, como entretenidamente absurda, que también encaja en un libro ficcionado. Algo a destacar es que nunca perfila al personaje del escritor de forma clara, el lector va delineándolo conforme avanza la historia. Quizá hablar de sí mismo, de forma clara, sea un riesgo que Dicker no quiere correr, aunado a que así se aleja de cualquier lectura biográfica.

Me parece interesante el haber encontrado demasiadas erratas a lo largo del texto, en principio, pensé en la traducción o en la conversión a lo digital; sin embargo, creo que también es poner en evidencia que el oficio de Bernard ya no está, o por lo menos, no sería tan deplorable.

Finalmente, y considerando una de las características expuestas por Francisco G. Orejas en las que el texto va desdoblándose por medio de nuevos relatos conectados con la historia principal (Gómez, 2020), podemos establecer que Dicker quería rendir un homenaje a su editor a través de una novela, en donde pudiera ir plasmando sus diálogos y aprendizajes y de alguna manera inmortalizándolo con la pluma de su aprendiz. Y en torno a esta historia se tejen el rompimiento con Sloane, el viaje a los Alpes, la historia del asesinato en el Palace, su relación con Scarlett, y la historia de amor de Lev y Anastasia.

Por tanto, El enigma de la habitación 622 puede insertarse y oscilar entre la autoficción y la metaficción. Lo cual no implica una falta de precisión académica en su clasificación, si no en la intención de poner en evidencia que, hay tantos intentos por definir estos géneros, algunos incluso ambiguos, que sus distintas aproximaciones dejan abierta su interpretación, en la cual puede entrar cualquier novela, incluso la habitación 622.

Termino con una cita:

¿Qué es una gran novela? -preguntó Scarlett.

Según Bernard, una “gran novela” es un cuadro. Un mundo que se le brinda al lector, que va a dejar que lo enganche esa gigantesca ilusión compuesta de pinceladas. En el cuadro se ve lluvia: te sientes mojado. ¿Un paisaje gélido y nevado? Resulta que estás titiritando. Y decía: “¿sabes qué es un gran escritor? Pues es un pintor, precisamente. En el museo de los grandes escritores cuya llave tienen todos los libreros, miles de lienzos nos esperan. Si entramos una vez, nos convertiremos en clientes habituales”. (Dicker, 2020).

Bibliografia

Alberca, Manuel. Es peligroso asomarse (al interior). Autobiografia vs. Autoficción. Rapsodia. Revista de Literatura. Núm. 1 (2009). https//www.ucm.es/info/rapsoda

Dicker, Joël. El enigma de la habitación 622. Alfaguara. España. 2020.

Dorado, Arroyo Carmen. Panorama de la Metaficción. Vos ediciones. México. 2020.

Gómez, Rollan Óscar. Metaficción.

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