¿Por qué leer?...porque sí.

“La lectura debe ser una de las formas de la felicidad

y no se puede obligar a nadie a ser feliz”.

Jorge Luis Borges

La primera novela que leí, después de haber devorado a los Clásicos juveniles —pasando por Julio Verne, Mark Twain, Robert Stevenson, Mary Shelley, Conan Doyle, etc.—, fue La Isla de las tres Sirenas de Irving Wallace. No recuerdo bien, si tendría 12 o 13 años, lo que sí recuerdo es que me cautivó desde el primer minuto que la tuve en mis manos. Era un estudio antropológico de los hábitos sexuales de una población en alguna isla de la polinesia, realizado por un grupo de sociólogos y antropólogos norteamericanos. Me impactó cómo la población era simple y feliz viviendo alejada de los usos y costumbres occidentales, y habían establecido sus propias pautas de lo que la sexualidad debía ser, y cómo a partir de ésta construían su entramado social. Fue muy interesante descubrir cómo una pareja de los investigadores, casados, en sus treintas, se ven envueltos en estas nuevas costumbres y cómo van cediendo a sus deseos para verse inmersos dentro de una cultura que, en una primera instancia los fractura como pareja para al final reencontrase a partir de un ejercicio pleno de su sexualidad. Era muy niña para entender a cabalidad el alcance y las implicaciones sociales y culturales que se planteaban en ese libro; sin embargo, han pasado más de cuarenta años y tengo presente como si fuera 1977, un concepto de felicidad y plenitud a partir de una práctica libre de la sexualidad. Si ese libro hubiera sido escrito hoy, entraría en los libros escritos por un hombre con perspectiva de género y volvería a ser un Best seller como lo fue en los 70’s.


Muchos años después, entendí por qué mi padre me dio a leer un libro de esta complejidad a una edad tan temprana. Por que él sabía dos cosas. La primera, que me generaría inquietud, y la inquietud te lleva a investigar, y la investigación a leer, y la lectura a pensar. Y la segunda, coincidía con lo expuesto por Calvino: “Tú clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste a él” (Calvino, 1993). Él sabía que sería un libro que no me dejaría indiferente, que era un libro que me provocaría, y no se equivoco. Con el paso del tiempo, además de convertirse en mi clásico me provocó el gusto por la lectura, la investigación, la sexualidad y la mujer. Temas que siguen vigentes hoy en mi trabajo y en mi vida cotidiana.

Hace ocho o diez años me mude de casa, y ese viejo libro empolvado, con los forros maltratados por el paso del tiempo, nuevamente cayó en mis manos. Olía a viejo, pero también olía a recuerdos, a nostalgia, a infancia, a familia y al amor. Lo releí envuelta en todas esas emociones. Y confirmando lo dicho por Calvino, el placer de la relectura en la edad madura, de libros que te dejaron huella en la infancia, adquiere un nuevo significado con los años. Relees quizá desde otro lugar para regresar al punto de origen. Y entiendes el porqué de decisiones y confusiones en tu vida. Reflexionando sobre los motivos que me llevaron a releerlo, creo que fue la necesidad de volver a sentir las emociones que experimentó esa niña de 13 años. Quería emocionarme como esa niña se emocionó al descubrir mundos diferentes, quería revivir la sorpresa de saber cómo siente una mujer, quería sentir la satisfacción de haber llegado al final, quería sentir como ella sintió. La sorpresa al terminar la nueva lectura fue, que ya no sentí lo que ella sintió, pero sentí nuevas cosas, ya no de la niña sino de la mujer. Ya no hubo sorpresa, pero si confirmaciones, ya no hubo esa satisfacción de llegar al final, porque he acumulado muchos finales, reales y ficticios.


Entonces, ¿por qué leer? La respuesta es sencilla, para vivir. Por que necesitamos vernos en el otro para confirmar que existimos. Vargas Llosa comenta en este sentido que: “La ficción enriquece su existencia, la completa y, transitoriamente, los compensa de esa trágica condición que es la nuestra: la de desear y soñar siempre más de lo que podemos alcanzar”. (Vargas Llosa, 1990). El ser humano requiere del otro para reconocerse, por que nuestra identidad se crea y construye a partir de la historia del otro. Esas historias que se encuentran en los libros poseen parte de la historia cultural, y cuando se fusiona esa realidad escrita con la propia es cuando le damos forma al todo de la cultura humana. Leer permite conectar con el tiempo y vivir lo que no nos dará tiempo de vivir. Harold Bloom, en su libro Cómo leer y por qué, señala que se lee para tener una concepción más firme y precisa del propio ser (Bloom, 2006) coincidiendo con Calvino que a su vez manifiesta que leer los clásicos “sirven para entender quiénes somos y adonde hemos llegado” (Calvino, 1991), ambas premisas dan soporte a la idea de que leemos para pensar y como decía Descartes: “cogito ergo sum”.

La isla de las tres sirenas estará en mi biblioteca como un clásico, y no porque se le haya adjudicado ese estatus por parte de los grandes estudiosos de la literatura y la historia, esa categorización se la ha ganado para estar en mi biblioteca por ser un libro inolvidable que aun no ha dicho todo pero sigue contando historias.

Sandra Cara Camarena

Bibliografía

Calvino, Italo. (1991). Por qué leer a los clásicos. España. Biblioteca Calvino Ediciones Siruela.

Vargas Llosa, Mario. (1990). La verdad de las mentiras. España. Penguin Random House Grupo Editorial.

Wallace, Irwing. (1961). Las isla de las tres sirenas. España. Debolsillo. Penguin Random House Grupo Editorial.

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